>Los apagones, de Aquiles Nazoa

>

Hoy quiero, en un galerón,

relatarles lo que pasa

cada vez que en un casa

se produce un apagón.

La primera precaución

es ver si hay luz en la calle,

y observado ese detalle

lo segundo es dar un grito

diciéndole al muchachito

que se acueste y que se calle

Y aquí comienza un trajín

de policíaca novela

por encontrar una vela

que nadie encuentra por fin

“Voy por ella al botiquín”

dice usted desafiador

y sale con tal furor que en su ceguedad de fiera

no ve que al pasar lo espera

la pata de un mecedor.

“¿Qué te sucede, Gaspar?”

Un pujido es la respuesta

“¿Qué te sucede? ¡Contesta!”

le vuelven a preguntar

Y vuelto un caimán un jaguar, un jabalí

responde usted “¡me caí!”

y luego añade despacio

lo que por falta de espacio

no consignamos aquí.

En tan triste situación se oye que alguien revela

“¿qué están buscando? ¿la vela?

pues yo la vi en el fogón”

Como en una procesión

el grande, el pequeño, el chiquito

corren al sitio descrito

y sacan la vela pegada

del fondo de un perolito.

Ya puesta en el comedor

o en algun cuarto la vela

lo que sigue es una pela

de las de marca mayor

porque el niño un tenedor

ha puesto en ella a calentar

pretendiendo no escuchar

la voz que dice impaciente:

“deje la vela Vicente,

¡porque lo voy a pela’!”

Cesa al fin el apagón

y al prenderse los bombillos

un ¡viva! dan los chiquillos

y uno que otro grandulón

y usted, que aunque cuarentón,

es ingenuo todavía

mientras acuesta a la cría le adelanta a su mujer:

“mañana al amanecer, demando a la compañía”

Dedicado a los que pasaron las de Caín el martes pasado con el horrendo apagón que nos dejó vueltos caimanes, jaguares y jabalíes…

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