Viajando y sacando la lengua – Con brújula rota en París

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Hace rato que me recomiendan escribir desde París contando qué hay…
…mmm … contar lo que pasa aquí sin llover sobre mojado …

Bueno, ¿Quién dijo miedo? Aquí estamos en confianza…

Estaría bueno describir aquí el primer “choque cultural” que tuve cuando llegué y me empecé a transportar (los que conozcan al personaje sabrán que no se trata de algo fácil). Me refiero al Metro de París, que se paga caro pero con gusto, por la variedad de líneas y conexiones que llegan lejos en poco tiempo.

Ya sabemos que nuestro Metro de Caracas se parece bastante porque tiene sus raíces en éste. Sin embargo me dí directo en el medio de la frente con el sistema de señalización. Y me pareció tan fascinante el resultado de este choque y la perspectiva del metro parisino para señalar en contraste con el nuestro, que le dediqué mi primera tarea de etnología. (Si un etnólogo pasa por aquí, por favor, no se ría con mala sangre, estoy apenas empezando en el mundo de la disciplina del terreno)

Y así dicen algunos fragmentos (adaptados al estilo de Sacandolalengua. Tan serio no se puede ser):

En el sistema de señalización del Metro de París, organizado y complejo, se destaca un elemento que hace la diferencia y que sirve de punto de partida para cualquier camino : la flecha. Sobre un fondo de color oscuro, la flecha que señala un camino cualquiera se destaca por su color blanco brillante y su forma gruesa y corta que precisa el camino que el viajante debe tomar para llegar a destino.

Como, por supuesto, aún no contamos con la tercera dimensión en este tipo de avisos, toda flecha que aparezca en un cartel tiene un numero limitado de posiciones. Los que quieran seguirlas interpretarán (o al menos harán su mejor intento) el camino que se supone que señalan.

Es aquí justamente donde un usuario del Metro de Caracas (o bueno, yo) se da de narices. Las flechas que conocemos, más largas y más delgadas (¿tendrá algo que ver aquí la visión estética en ambas tierras ?), para indicar que el camino sigue derecho, señalan hacia arriba; de modo que al pensar más o menos en terceras dimensiones, se siga derecho en el mismo camino.
Las flechas francesas van directamente al lado contrario. Si la flecha quiere decir “siga derecho” , apunta hacia abajo, al piso.

Además, la distancia entre una flecha y otra es más o menos corta… y su dirección seguramente cambiará en pocos metros. Es decir, puede que la flecha que indique que para ir a la dirección X señale, al momento de entrar, a la derecha. Pero no se confíe.. el camino no seguirá siempre así. En algunos pasos, el destino que la flecha aseguraba era a la izquierda, será un poco después, a la derecha.

Contrastando de nuevo con las flechas criollas, me parece recordar que para conseguir una flecha hay que andar una cantidad (y no poca) de camino; más aún si la última flecha que se vio, apuntaba para arriba, al cielo, 90 grados. Si la flecha apunta hacia arriba, siga derecho… si no ve más nada, siga siguiendo derecho. Aquí hay espacio para rodar… y diría mi padre burlándose de otros “¿y si no se sabe el camino pa’ qué sale?”

Pensando pues de modo malicioso en el camino a la casa o la universidad, me puse a pensar cómo haría un viajero perdido como yo aquí, y cómo haría un viajero francés en Venezuela (seguramente perdido también, hay que ser justos).

Un venezolano aquí se sentirá burlado (bueno, yo me sentí burlada). Las flechas, que están por todos lados, se contradicen… “Para la línea uno a la izquierda” y al seguir caminando “para legar a la línea uno, a la derecha”… ¿Y entonces?

Lo mejor es cuando, de repente, una flecha señala directo al piso. En la lógica de donde vengo, una flecha que señala directo hacia abajo quiere decir “aquí”. La cosa es que bajo la flecha no hay nada, ni escaleras para bajar, ni metro para montarse, ni hueco para lanzarse. “Ahh… es que hay que seguir derecho por esta misma vía… por ésta por la que ya usted viene”

En conclusión, las flechas francesas no señalan la vía. Una flecha señala la siguiente flecha y así se va formando el camino. Tal cual los esquemas que se inventaron para bailar con los piecitos pegados en el piso, 1, 2, 3, 1, 2, 3…

Pero ahora… ¿cómo se sentirá un francés al manejar en una autopista en Venezuela?
Abandonado. Para ver una flecha hay que rodar mucho… Y luego, la famosa flecha que apunta hacia arriba… “¿hay que subir? ¿por dónde? ¿viene un puente? ¿se eleva la autopista? La última flecha hace kilómetros y la que sigue no apunta a ningún camino ¡apunta al cielo!… Ohlalalalalalala” Y al conseguirse a un lugareño las cosas no se van a poner más lógicas. Las direcciones en buena parte del país se basan en “siga pa’rriba” o “baja por aquí”. Quien voltee verá que las calles no bajan ni ascienden, sino que siguen planas. Dios ayude a los desorientados.

Habrá que soltar a unos cuantos como muestra de la especia y hacer la exploración a ver qué pasa… luego de encontrar a los actores del terreno, claro, que tienen que haberse perdido durante la práctica.

La adaptación a nuevas comunidades es fuerte por estos mínimos detalles. Dando la vuelta en 360 grados llegamos a un punto que sabemos hace años, pero que vemos después de dar toda una vuelta en círculo: una cosa es mirar a la izquierda desde la derecha y otra es mirar a la derecha desde la izquierda. Válgame Dios… ¡y lo que falta por andar!

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