Los venezolanos y los latinoamericanos… ¿de dónde son?

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Sin pensar demasiado (y por hablar de más, para variar) prometí invitar un trago a quien adivine que soy venezolana. Con el acento y la cara me han lanzado los intentos más pintorescos: según distintas gentes (cuyos orígenes tienen mucho que ver con sus respuestas) tengo, al parecer, cara de italiana, española, iraní, libanesa, india y marroquí. Y no soy la única venezolana, ni latinoamericana, en disfrutar de semejante versatilidad de imagen, claro está: amigos muy queridos han pasado por filipinos, pakistaníes, serbios, argelinos y brasileños. Y ésas son sólo las anécdotas que me han contado.

Hablar de mestizaje en Venezuela es volver a los libros de texto y a ideas que se repiten de modo robótico. Es decir, todos sabemos que somos mestizos; y en la escuela repetimos varias veces las fórmulas con las que se “hace” un mulato, un zambo, un salto atrás, etc. Se sabe también que hay corrientes migratorias desde hace mucho tiempo y que las caras de los venezolanos no son uniformes. Sin embargo, con las últimas modas de pensamiento parece que no nos quedaremos tranquilos hasta que las etiquetas sociales que tanto detienen nuestro progreso estén cada vez más y mejor definidas.

No es que sea nuevo que la sociedad haya puesto distancia entre los estratos, ni que los problemas raciales y de clase sean fenómenos que llegaron de la noche a la mañana (nacimos y crecimos con ellos), pero el hecho de que se agudicen da base para señalar con preocupación una disminución en la construcción de nuestra identidad siempre tan insegura. No obstante, se ven muestras de la fortuna inmensa de crecer con elementos familiares de orígenes dispersos. Esto forma un temperamento especial en quien sabe aprovecharlo. Carlos Fuentes lo sostiene cuando dice que al escribir, hablan a través sus orígenes aztecas en una lengua que lleva a la cultura de Iberia (la de la península), de España; y de ahí a los mozárabes y más allá hacia el Oriente. El alto refinamiento de Latinoamérica se ve, así, en la gran capacidad de empatía que le abrió los brazos a una inmigración tras otra y que volvió parte de su retrato de familia a miembros de diversos rincones del planeta. Hablamos tomando elementos del entorno, y en el nuestro, lo propio y lo exótico están confusamente mezclados.

En el caso venezolano, las mil y una caras que forman su retrato son las que hacen de nuestra tierra silenciosa un país de las maravillas. La diversidad es alucinante y todos creemos ser la representación de la mayoría o de los que tienen la razón (si hablamos de modos de pensar que siempre vienen a colación). Pero claro, esta sensación de vértigo etnológico no es nueva ni nos es exclusiva; y justo por ello es intrigante e interesante.

Volviendo al asunto de la apuesta, que nadie ha ganado todavía, vale comentar que he visto que para muchos nativos de Europa, ubicar países que no sean Argentina, Perú, Brasil o México en el lado del mundo donde arde la América hispana es difícil; así que se entiende bien que no sea Venezuela la primera opción. De todos modos, hay quienes llegan bastante cerca al lanzarse con Colombia como respuesta, y quienes opinan febrilmente sobre Chávez al instante de aclarar de dónde somos al final del juego. De uno y otro modo, la América hispana en su mayoría se redefine y se presenta como el resultado final de los instintos precolombinos, la espiritualidad de Oriente, el pensamiento de Europa y el ardor imponente de una gran parte de África. Al final, aunque la tierra gire, lo hará siempre sobre su propio eje.

Nota: Las obras con las que tuve el placer de ilustrar este post son de Pablo Picasso

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