En Montreal, contenta “malgré moi”…

Después de meses de negación (por la idiotez de no querer hacer un viaje transatlántico al Canadá) estoy por fin en Montreal. La causa del viaje tiene su origen en otra manía: la de querer meterme en todo lo que me entusiasma, tenga o no tenga el tiempo. En fin, estoy en aquí para la Asamblea Mundial por la Participación Ciudadana, CIVICUS, que tiene ya algunos años dándose para crear diálogo a ver si de algún modo salimos de algunos de los problemas en los que nos hemos metido. Detesto que tilden de inocencia a la capacidad de mantenerse optimista y tener fe en la creatividad humana, pero también estoy consciente de que estas actividades despiertan la idea de buscar agujas de pajares… y eso cuando la tarea se ve factible.

Confieso que el camino de París a Montréal se me hizo largo. Y no por las ocho horas de vuelo. La preparación del viaje comenzó meses antes, con contratiempos en las compensaciones para pagar el pasaje y con idas y venidas a la embajada del Canadá. No se puede comparar con otras aventuras en oficinas de extranjería que he ya he pasado (y que son tema para otro texto), pero sí califica entre la lista de experiencias en las que no hay más salida sino hacerse mil preguntas gracias a las miles horas de espera por un papel que diga «está bien, puede pasar… pero no pise la alfombra».

En definitiva, el ángulo hace la vista y la realidad se construye de adentro hacia afuera y no al revés. Las preguntas sobre inmigración y emigración iban y venían mientras pasaba largas horas contemplando fotos de mapaches, de paisajes que no le hacen justicia a las maravillas naturales de América del Norte y de las esperanzas olímpicas del país en una pantalla que no mostraba más de diez fotos en total. Alrededor, la gente esperaba con una paciencia silenciosa digna de monjes tibetanos. Los números no siguen ningún orden, así que sacar la cuenta de lo que falta es sencillamente inútil. Pero hay que ser justos, después de correr para imprimir la planilla «adecuada» tomar fotos con ojeras en el último minuto, dejar todo en un armario por

cuestiones de seguridad (y haber dejado mi libro allí fue el peor de los errores), llenar los datos de todos los miembros de mi familia inmediata (que me costó varias llamadas a Venezuela para preguntar direcciones y fechas) y tratar de entender el humor de los vigilantes consulares cuando se les dice de qué nacionalidad viene uno, esperar sentado, en silencio y en diálogo con la perorata mental no parece tan malo, así sea por ocho horas.

Es evidente que estos procesos tienen su razón de ser. Y es evidente también que su carácter engorroso y falto de ingenio tiene también su causa. Probablemente yo sea la boca número X en quejarse de esto. Eso puede entenderse poco
a poco después de algunos golpes. Pero es muy difícil que con estas pequeñas referencias y con
estos pequeños piquetes a la moral, la opinión de un país no baje. Lo irónico es que todo este jaleo era para asistir como voluntaria a bloguear para gente que está comprometida con la colaboración internacional, con la participación ciudadana, y con la justicia social. Lo que unos hacen cuidadosamente con las manos, otros se lo llevan por delante con los pies. 


En cualquier caso, las horas en la Embajada quedan atrás con el encanto de la ciudad. No sólo he conocido personas interesantísimas que me hablan del movimiento de su ciudad, sino que he podido hacer diálogo con el espíritu que se respira en la calle. No me dejan de causar una confusión un tanto acongojada la ola muy norteamericana de la «felicidad» consumo con el carácter señorial de arquitectura, que aunque muy à la europea, guardan un sentido claro de carácter personal. Me identifico con las conversaciones en las que se defiende el francés de Quebec y su acento frente a la pretensión propia de los países en los que las lenguas empezaron. Me gusta el carácter tranquilo la ciudad, que sin embargo se mueve.

Aquí también arde la discusión sobre la multiculturalidad, el problema de la identidad, lo que se entiende por tradición. Un paseo por varias librerías lo hace evidente. Es difícil aceptar la llegada de nuevos exploradores. La política de EEUU es parte de las noticias que se ven incluso en el Metro. Me intrigan la cantidad de escudos que saltan cuando humanos de otras tierras vienen buscando abrigo. Quizás por eso me metí en la aventura de hacer una tesis que habla de lo que aprendemos sobre la cultura del otro. Me preocupa, sin embargo la incapacidad de mirar el pasado inmediato, y me angustia el papel tan torpe que tenemos todos en esta dinámica tan delicada.Montreal, con sus colores rojizos y su ciudad subterránea no es ajena a este remolino. Me pregunto si alguna tierra con más recursos que las vecinas alguna vez lo ha sido. Valga decir al menos que fue quizás la tranquilidad de este nuevo aire el que me convenció de sentarme y echar unas líneas al pobre blog, que se actualiza poco y con refritos de otros trabajos. Valga decir que los posts que haré para CIVICUS los pegaré también aquí, para conservar todas las reflexiones en un mismo sitio, después de todo, ése es el objetivo de mi diario público. Valga también decir que me salen otras líneas más con este mismo tema, el de la inmigración y la interacción entre gentes distintas, y que serán probablemente mucho menos amables. Qué se hace. Si algo nos tocan son las historias, y éstas son las mías.

 

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