La direction des étrangers est heureuse de vous accueillir

Un cuento de dos carreras

Hace pocos días me volvió a la mente el consejo que nos diera una querida profesora de inglés durante los estudios de idiomas modernos: «muchachos, en la Universidad [Central de Venezuela] no hay que hacer una, sino dos carreras. Una, desde luego, es la académica… La otra es burocrática.» En efecto, la cantidad de carreras por papeles, sellos, firmas, programas, títulos, y un largo y engorroso etcétera es larga, penosa e inescapable. Pero en estos tiempos la veo un poco menos amarga desde que me ha tocado adherir una capa más a la dulce milhojas que ha sido la experiencia de vivir en Francia. Pongamos de base los estudios, sus objetos, sus dificultades. Luego viene la lengua y la cultura académica, que por más que sea cambia de universidad a universidad y de país a país. Más arriba vienen, desde luego, los trámites burocráticos, a los que le sigue otra capa más de las diferencias en la cultura burocrática que cambia ingeniosamente de funcionario a funcionario con una voluntad creativa impresionante para las listas de documentos vitales en inscripciones, renovaciones y otros trámites.

No sé si esté demás decir que la experiencia en Francia ha sido maravillosa y que el mundo de la investigación académica y de la educación se confirma cada vez más como la misión que parece que vine a cumplir. Lo pongo en primera instancia porque estoy acostumbrada a las respuestas típicas que buscan jugar volleyball con las ideas. Además, buena parte de las cosas que tengo que decir carecen, para ser sincera, de originalidad. No he sido la primera en pasar por apuros, ni seré la última. Sin embargo, mientras el gran gozo de los descubrimientos teóricos queda intocado dentro de las bibliotecas, las realidades políticas no dejan de interrumpir los procesos de trabajo de muchos.

En otras palabras, se me hace difícil cerrar el periódico y seguir trabajando cuando veo otra noticia más de deportaciones de estudiantes extranjeros. Hace un tiempo que corren los rumores de más apretones en la renovación de la legalidad de los no franceses, cosa que parece inmoralmente normal con el ascenso de la derecha en Europa. Ya han regresado a varios que pedían refugio político de guerras como la de Afganistán o Iraq, ya se les ha dicho claramente a los que huyen de las violencias de las revoluciones que están re-esculpiendo a algunos de los países árabes, que no hay espacio ni recursos para ellos en Europa. Ya he conocido casos de solicitantes a los que se les informa con indolencia que más les vale estar en las calles y huir de la policía, y he sabido de ideas innovadoras que buscan quitarle la nacionalidad a los franceses de origen extranjero que hayan cometido crímenes. Este es un debate largo y viejo como el mundo. Ahora, lanzo estas líneas a la blogósfera porque lo que vi esta vez fue la expulsión de una estudiante doctoral canadiense a la que se le envió una carta de expulsión por tardarse demasiado en presentar su tesis.

Todo esto sugiere mucho. Lo que veo yo en este momento es que ahora a las presiones intelectuales, las de los análisis y experimentos, las de los tutores, del laboratorio, de las presentaciones; a las presiones personales, económicas e incluso espirituales que acompañan a los doctorantes que investigan fuera de su país y les susurran en el oído que abandonen, se une también la presión gubernamental que amenaza con la expulsión a los procesos que les parece muy largos. Ni hablar de explicarles cómo puede extenderse la investigación en ciencias humanas, ni por qué es pertinente la contribución en cuestión. De nuevo, estos apuros, como tantas violencias a las que nos hemos acostumbrado, no le son extraños a nadie. Siempre habrá quien responda despectivamente a líneas como éstas. Y en efecto, no son los doctorantes los que han sufrido más en esta historia trágica de deportaciones. Lo que me pregunto es dónde quedan los grupos y las comunidades que han quedado tan desfavorecidas en la repartición de bienes después del divorcio de los mundos, en los que el primero y el tercero quedaron separados por distancias inmensurables. Si éste es el caso de una estudiante doctoral canadiense, no quiero saber lo que pueda ser de una aspirante a trabajadora formal argelina, por lanzar un ejemplo más o menos al azar.

Liberté, égalité (?), fraternité (!)

Aquí empieza un trajín penoso y un tanto aburrido de tomas y dames con los que dirán que Francia o que Europa no tiene recursos para todos, que dan mucha ayuda humanitaria, que estos inmigrantes deberían ir a acomodar su país en vez de venirse todos para acá, y una larga continuación de argumentos que aunque no sean falsos, carecen de una perspectiva histórica y global justa, además de una tremenda insensibilidad. No puedo señalar a los que lo digan, yo misma estuve mucho tiempo entre los algodones de los que viven en su casa, en su país, y entre privilegios. Sin embargo (y quizás desde mi visión latinoamericana que despierta y ve la historia de sus tierras) la mayoría de estos argumentos se dicen con una rapidez pavorosa. La historia, por reciente que sea, se olvida. Sus deudas se apilan y agarran polvo. Duermen el sueño de los justos sin merecerlo.

Para continuar con mi gran falta de originalidad, doy dos centavos a la cuestión de la inmigración, o a una parte de ella. Yo soy otra doctorante con papeles extranjeros que entra en el saco. Es una cuestión compleja y complicada; y hay  muchas cosas en juego: la solidaridad, la supervivencia, la identidad, la dignidad y la entereza. Todas estas cosas me cuestionaron cuando me tocó ir a la prefectura de Seine St Denis, pues me había mudado de calle y ya no estaba dentro de los límites entendidos como París. Por lo general, se pide una cita y el día acordado uno va con sus papeles, echa su cuento y pasa largas horas en la prefectura. Aquí las cosas cambian. En esta otra prefectura debe hacerse una gran cola nada más para pedir información. Y esto era inevitable, no hay nada pegado en las paredes, la página en internet no es clara y para cualquier efecto, hay que entrar a hablar con los funcionarios y para ello, hay que hacer la cola.

La prefectura es famosa por sus maltratos, pero por supuesto, una cosa es oír cuentos y otra cosa vivirlos.

La cola en cuestión tenía pues a todas las personas que deben ir a la prefectura para casi cualquier gestión: cambios de dirección, pérdida de documentos, solicitud de citas, y otras muchas diligencias que ni se me ocurren, pero que necesariamente deben tener el sello o el visto bueno de la prefectura. Vale decir que esta prefectura maneja los distritos más pobres de l’Ile de France (la región en la que París está). Hablamos de los distritos más pobres y de la población inmigrante más numerosa. Quiero insistir en que nada de esto sonará como la gran cosa a muchos de los lectores. En efecto, es bastante común y no sorprende a nadie, a algunos les sonará hasta lógico y esperado… y es justamente por eso que me parece inmoral.

En Venezuela me cansé de hacer trámites eternos por papeles, así que hay antecedentes que ayudan a aguantar estas cosas. Sin embargo, la idea de hacer una cola toda la noche entre personas desesperadas que no logran comunicarse, con frío, sin luz ni baños, sin espacio para la basura y otros tantos abusos más que nacen a su vez de los abusos mayores, son cosas que se tienen que señalar. Me cansa que me apunten con el dedo diciendo que es el “exceso de bienestar” lo que hace que estas cosas me afecten. Estoy cansada también de la bendita competencia por ver quién sufre más y que se diga “bah, mucha gente la pasa peor”. Nadie tiene por qué pasar por este tipo de cosas. Que quede claro: nadie. Mucho menos por negligencia o abuso de quienes pueden mejorar las condiciones.

Por supuesto que fue una noche larga y difícil, pero no quiero alargar más el asunto con cuentos que llenan muchísimos otros espacios. Experiencias además mil veces más complejas y conmovedoras que la mía. Sí, vi cosas que vale la pena escribir. Conocí personas geniales. Hablé con señas, aprendí un poco sobre Mali y el bambará, eché cuentos, intercambié trucos. Puse a prueba mis propios estereotipos, jugué y me reí con ellos; y algunos los cambié. Ví peleas de puños en la olla de la cola, compra y venta de puestos, conspiraciones para evitarlas, teatros para defenderlas. Escuché gente que cantó durante la noche, cuentos de otros que pasaban por lo cola por cuarta, quinta o sexta vez, algunas seguidas; gente que pasó toda la noche conmigo y al final era uno de los que vendían su lugar. Dí y oí gritos de rabia y de desesperación a los que después de pasar la noche no lograban entrar, a los que entraron y no los atendieron o a los que como a mi, les negaron la diligencia. Si afuera la cosa era dura, adentro ya era violenta. Los funcionarios gritan, voltean la cara, tuercen los ojos, señalan con el dedo y cierran la ventanilla en la cara. La falta de escrúpulos más sórdida que haya visto.

El punto de todo esto es el siguiente: no creo que nos juguemos poco en este maratón de la negación y la deshumanización del otro. Creo que es, de hecho, una de las fuentes primeras de nuestros problemas, de los más profundos a los más sangrientos. La cuestión de la inmigración pone en evidencia fuerte todos estos retos. El de la aceptación del otro, el pago de deudas históricas, los malentendidos interculturales, la dominación y el abuso. Es difícil, muy difícil. Pero no por ello se puede dejar de lado e ignorar su carácter urgente.

No tomé fotos ni videos, pero hubo un momento en el que quise haber tomado una: un cuadro de gente peleando, un par llorando, los agentes seguridad maltratando, las largas colas esperando, y sobre todo ese puño brumoso de caras y de abrigos, un aviso luminoso diciendo “La division des étrangères est heureuse de vous accueillir”.

 

 

…”La división de los extranjeros se alegra de recibirle” 

 

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