Pensamientos sobre la educación en momentos de dolorosa procrastinación

 

¿Qué mejor momento para actualizar el blog que el día en el que debo trabajar en en un texto urgente para mi tutora? Viva la procrastinación… Y que viva sobretodo porque son momentos dolorosos que pueden ser de provecho para limpiar las cañerías. Estoy sentada en una de mis bibliotecas predilectas, a la que hay que llegar temprano para agarrar puesto y en la que por fortuna no hay estudiantes jóvenes que interrumpan andando de un lado a otro, conversando o dándose besos en el mesón delante de gente que lucha por no perder la concentración. Esta biblioteca es agradable. Pequeña, con calor, bonitos colores e inspirados investigadores (o gente peleando consigo misma igual que yo, quién quita). El caso es que me levanté temprano para pasar el día aquí y no he logrado poner dos palabras juntas que tengan sentido. Ya pensé en irme a caminar y tirar la toalla. Ya me puse a ver charlas “inspiradoras”. Nada. La inspiración, o más bien, la anti-inspiración se coronó por una conversa por chat con una buena amiga, que desde otra biblioteca lucha tan o más duro para poder escribir su memoria de máster.

La cosa es que la procrastinación, cuando se escribe una tesis o un trabajo de grado, saca a flote los miedos, las inseguridades. Mi amiga, me parece a mi, está en los puntos desesperantes en los que nos parece que lo que hacemos, por muy interesante que parezca, no nos interesa. En mi caso, puedo decir que éste es uno de los días de bloqueo mental más salvaje que he tenido en mucho tiempo. Estoy en tercer año de tesis doctoral en Ciencias de la Educación. Veo a mi tutora en dos días para contarle lo bien que voy (porque desde el punto de vista práctico, voy más bien muy lento… De hecho no voy bien nada, pero el histrionismo es parte de la carrera doctoral), y lucho con mil demonios para pulir el plan (el número 35 que hago), porque el que tengo parece de trabajo de grado de bachillerato. Y no hay escapatoria. Ya he faltado a reuniones, ya se me atravesaron la salud y el trabajo. Ya me curé y ya tengo una semana desocupada. O es, o es.

Otras cosas más que agregar (si es que a algún lector curioso se interesa). El doctorado lo estoy haciendo en Francia, con miras a desarrollar un proyecto en Venezuela una vez que termine la tesis y que logre hacer puente con alguna institución que se interese por mis ideas. El máster también lo hice aquí, gracias al apoyo de una fundación venezolana consagrada a formar profesionales en el exterior. El financiamiento terminó el año pasado, pero la tesis arrancaba apenas, así que el financiamiento de este trabajo de investigación lo estoy sosteniendo yo dando clases de inglés y de español. El dinero escasea, el fantasma de la mudanza me respira en la nuca y las agitaciones de los papeles han sido tema de otros textos no muy felices. El tiempo apremia y el cansancio sencillamente no se me quita nunca. Pero a cada elemento el anterior le es indiferente… Así que aquí estoy en mi día de biblioteca escribiendo para el blog, qué más…

Una de las cosas que más trancan durante el proceso de escritura son las inseguridades feroces que parecieran ser parte de estos procesos. Resulta que los trabajos de investigación en Ciencias Humanas parten de la experiencia personal de los que los llevan a cabo. De la experiencia salen las preguntas. Y esas preguntas pueden ser dolorosas y peliagudas, porque al final, si la inspiración viene de lo personal, el ojo del observador tiene que estar limpio para ver bien qué es lo que está estudiando. La objetividad total es sencillamente imposible. Pero no importa, porque si hay un ojo que se pregunte por un fenómeno, pulirlo y ponerlo en la cadena para que se agarre con otros eslabones hace ya más larga y más completa la línea del pensamiento científico.  Y ésa es la idea.

Lo que no sé si es la idea, pero definitivamente ocurre, es un endurecimiento de las condiciones que rodean al ambiente de la academia y de la investigación. Muy particularmente el de la investigación en Humanidades. Es posible que en mucho esté exagerando, y que los ánimos rasguñados por el bloqueo mental, pegoteados con los recuerdos desagradables estén jugando en contra, pero hay condiciones que me parece útil enlistar aquí para pensar en ellas un poco. Entre el vaivén de páginas, artículos, ventanas de chat y Facebook reviso posts y artículos sobre las condiciones de la escuela y de la academia. Mis contactos trabajando en la academia francesa discuten y comparten artículos sobre lo precario de la vida de los investigadores (precario, claro, para las condiciones que esperan tener… Pongamos las cosas en perspectiva), una querida amiga del laboratorio para el que investigo da clases en el día y avanza en sus asignaciones de noche porque se decidió que no se contratarían más profesores-investigadores, por más que los mayores se sigan yendo a su retiro. Las condiciones en las que se lleva este oficio son materia de protestas y de peleas. Y eso en Europa, que desde el ojo de los americanos latinos es un lugar mejor para investigar (y dependiendo de su disciplina no se equivocan mucho).

Esto, por supuesto, incide en el temperamento de la competencia. En un espectro cada vez más cerrado se ven muchas personas esperando poder ocupar algún espacio para trabajar en responder o refinar sus preguntas sin mucho éxito, pues algunas preguntas apremian mucho más que otras según los que ponen la plata.

En el mundo de la educación, particularmente en esta época, las preguntas son dolorosas. Y qué digo las preguntas. Las preguntas y las respuestas. La cantidad de gente desertando del sistema educativo es fuerte y va en ascenso. En todos los niveles. Las escuelas dejaron de ser (si es que alguna vez lo han sido) lugares para la reflexión y para el estímulo intelectual y emocional. Y no es sino recientemente, de hecho, que nos venimos a dar cuenta de que los sentimientos y los estados emocionales ocupan un lugar preponderante en la educación. Pero los cambios avanzan terriblemente lento. Se entiende que este paso tenga que ser así, pero igual es angustiante pensar que mientras estas evoluciones tienen lugar más personas pasan por sistemas educativos que los silencian, que los desestimulan y que los vuelven peones de un ajedrez económico y cultural en jaque.

Y así, mientras los liceos son hervideros de demonios en los espíritus tan delicados de los adolescentes, se hacen y se rehacen leyes y programas que terminan con resultados parecidos. En kínder, los padres que quieren una educación de “calidad” para sus hijos aún pequeños se ven obligados a pagar fortunas y pasar por entrevistas que desprecian las particularidades de los niños. Las innovaciones ven en las computadoras y el internet el nuevo salvavidas, y olvidan que el trabajo más difícil que queda aún por hacer es el más viejo, el trabajo en el estímulo y en los valores. Los estudios en los que estoy trabajando yo no se meten en las escuelas o en los sistemas formales, pero es inevitable pasar por allí o pensar de algún modo en contribuciones al sistema, por más que esté en decadencia. Aprendizaje no quiere decir escuela (de hecho, cada vez menos tienen que ver), pero mientras estemos en este barco, tratemos de no hundirlo tan feo.

Mi experiencia con la educación formal ha tenido pasos fugaces en la enseñanza y experiencias lentas y duras del lado del alumnado en Venezuela. Trabajo con investigadores que sí se interesan en el movimiento escolar, y vivo y tengo bellas amistades con asistentes de la educación aquí en Francia. No puedo decir que mi experiencia sea exhaustiva y mucho menos que todo esté perdido. Pero las cifras no perdonan. Y al observar algunos casos cualitativamente y más de cerca veo pocas cosas que apunten a la supervivencia del sistema formal.

Los cambios que han querido hacer en la educación en Venezuela me han inspirado líneas que espero poder compartir aquí. Y mientras tanto, quienes buscan trabajar en la observación de estos fenómenos, los que quieren aportar más ideas, los que observan el movimiento social y los que pueden apuntar la dirección de las respuestas tienen un cachete sobre el suelo y otro debajo de la bota de los jurados evaluadores. Hay que hacer todos los trabajos de Hércules para trabajar por poco y dejarse desdeñar bastante, y lo que es mucho más importante, sin el reconocimiento ni el apoyo de las instituciones. La prioridad de la educación parece ser esputar empleados, y en un momento en el que los países que se hacen llamar “desarrollados” el desempleo se dispara, esto tiene que prender todas las alarmas. Estamos viendo niños, adolescentes y jóvenes gastar tiempo y recursos en materias que no les interesan para llegar a un mercado de trabajo que los tomará muy poco en cuenta. En Francia preocupa el repunte de la violencia y la deserción. En Venezuela la violencia y las desigualdades reinantes alrededor de la educación la dejan avanzar muy poco. Las innovaciones y las aperturas son urgentes, pero no se atienden. Como cuando uno se sabe enfermo pero no va al médico por falta de plata o tiempo. Y mientras tanto todo sigue su curso y la crisis toma la decisión que no quisimos tomar.

Valga una segunda disculpa para los que lean aquí líneas desalentadoras. Al fin y al cabo, a muchos locos que conozco estas cosas les parecen risibles y poco importantes de cara a los proyectos que los inspiran. Yo quiero pensar que estoy entre esa gente que parece saber poco del mundo, pero que lo siente mucho.

En días en los que el trabajo se hace duro y el ambiente penoso, sirva entonces dejar desahogos al (cyber) aire como forma de agarrar mínimo. No se pierde nada y se ganan unas líneas… En el mundo de las tesis eso algo.

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